Bañado en aplausos dio la vuelta al cuadro y atravesó el home, sonriente y con el pecho bien henchido de emoción, directamente hacia su nuevo aposento, el Salón de la Fama del Deporte de Venezuela. Andrés Galarraga, la más grande y popular figura deportiva contemporánea de nuestro país,
recibió alborozado reconocimiento ayer, en los distinguidos salones del Meliá caraqueño, pero no un homenaje más.
Esta vez el Círculo de Periodistas Deportivos de Venezuela, en ritual de augustos contornos, cumplido desde 1971, entregó las llaves de la hornacina donde sólo encuentran definitiva acogida aquellas figuras consolidadas por su quehacer competitivo, ciertamente, pero radicalmente instauradas en el corazón nacional, mucho más allá del carisma, por su probada --y ejemplar-- contextura humana.
"El Gato", su histórico cognomento, pisó al mediodía la simbólica alfombra roja del recinto, atestado de altas personalidades de todos los tiempos, junto con un extraordinario compañero del ya seguro y merecidísimo viaje hacia la inmortalidad: el polifacético Leonardo Rodríguez, perennemente asociado al proceso (re)fundacional del baloncesto profesional telúrico, inspirador genial del envión que impulsó a Venezuela, pasando por la histórica presencia en el Preolímpico de Portland, 1992, a los primeros planos transcontinentales.No le vino de gratis el apósito de Señor Básquetbol.
Cada una de las promociones de elegidos al Salón ha revestido características únicas. Esta, sin embargo, flotó en la espesura del cariño y la más genuina gratitud. La expectativa se acentuaba gracias a la apenas contenida ansiedad del reencuentro con estos personajes de actuación decisiva en el sustancial avance deportivo criollo.
Así accedieron bien temprano a sus sitiales en el presidium el Viceministro de Actividad Física y Recreación, José Alejandro Terán; el presidente de la Fundación de Amigos del Salón de La Fama, Alfredo López Lagonell; el patriarcal Herman "Chiquitín" Ettedgui; José Grasso Vecchio, presidente de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional; Rolando Urdaneta, presidente de la Liga Profesional de Baloncesto; y Hugo Chávez, presidente del Círculo de Periodistas Deportivos.
Subió, en primer término, Don Armando Naranjo, uno de los más calificados habitantes del planeta basquetbolista --periodista de plurales flancos, docente, analista, todo ello en grado superlativo-- para presentar la semblanza de Leonardo. Amigos de toda la vida, obreros de legendaria avanzada en la construcción --y multiplicación-- de fronteras deportivas, este maestro de la crónica y la enseñanza trazó la síntesis de una existencia irrepetible.
Dicho con elegancia y precisión lo que, en realidad, es imposible apretar en unos minutos de galopante apremio acerca de un prolífico periplo vital, dio paso al propiciador de la epopeya del baloncesto venezolano quien comenzó por recordar --incluídos los magníficos Carlitos González y Enrique "Chichí" Hurtado-- a quienes lo acompañaron en aquello que se denominó "Locura del 4,30":
"Montamos la ya legendaria Liga Especial, el primer paso para relanzar al baloncesto espectáculo en Venezuela, con más ilusiones y coraje que capital, pero eso nos permitió aglutinar al mejor elenco de jugadores criollos y a una legión de importados, "invitados" los llamábamos, cuya combinación permitió llegar a todo esto, el básquet profesional, que ahora tenemos. Nos llamaban "los locos" porque, en medio de aquellas condiciones del dólar a 4,30, salimos adelante. Esa fue una tarea que exigió valentía y fe."
Profesor de educación física, economista, comunicador social, narrador y comentarista de radio y televisión --con los correspondientes atributos de la toga y birrete universitarios-- aparte de su etapa como guardameta del romántico Deportivo Italia, ya era hora de hacer pasar al interior del Templo a este maravilloso ser humano quien, literalmente, ha entregado la vida en aras de sus ideales.
Turno al bate, enseguida, para Andrés. El elogio oficial a cargo de otro gran periodista --columnista, comentarista y conferencista de lujo, Humberto Acosta Gutiérrez, su biógrafo-- libros de ardiente testimonio los suyos, y quien evocó los momentos de auge --el título de bateo en la Liga Nacional, Rockies de Colorado, 1993 junto con la militancia con Bravos de Atlanta y luego el obligante retiro-- y el difícil capítulo de su batalla por la salud y la vida. Prueba admirablemente superada.
Momento crucial, la aparición del héroe de Chapellín.
Tímido pero decidido a hablar por encima de su miedo escénico --el guerrero que hizo temblar a los más herméticos lanzadores del Big Show-- se paseó, sin vacilación, por el respaldo de su familia en las buenas y las malas. Un breve recuento de lo que ha constituido su vida, pasión y leyenda en la pelota ("Siempre me sentiré orgulloso de haber pertenecido a los Leones del Caracas") para entrarle, directamente, a una valiente defensa de la obra social que lleva a cabo, desde hace muchísimo tiempo, su primera maestra, la ejemplarísima luchadora Doña Mafalda Maldonado, ícono de venezolanidad con 93 años dignamente asumidos, presente en el acto junto a su famoso discípulo:
"Pido a todos ustedes, en especial a los periodistas, apoyo para esta mujer. Me pregunto cómo es posible que la amenaza de cierre inmediato se cierna sobre la casa cuna que me dio albergue en mi primera infancia, sin pensar en la obra que esta gran mujer ha llevado a cabo, desinteresadamente, por tantos y tantos niños como lo fui yo. Es injusto, es increíble."
Batazo con las bases llenas. "El Gato" tiene mucho qué decir y hacer en Venezuela. Al igual que el formidable Leonardo, siempre apuntando de tres.